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Un viaje a las periferias

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Por Jorge Ochoa Ramírez

«¿Qué sigue después de esta vida? ¿Qué quedará de nosotros? ¿Para qué vivimos?» Las palabras de Julio llegan entrecortadas, transportadas por el viento helado mientras caminamos juntos a través del árido desierto rocoso.

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Me he aventurado unos días a un lugar apartado de la civilización, acompañado por un grupo de amigos con el deseo de compartir un momento junto a los ancianos de un asilo remoto, darno un tiempo junto a aquellos que olvidamos de manera inconsciente invadidos por la cultura del descarte.

Acepto la invitación de Julio para sentarme con él en una roca y contemplar el horizonte con su hermoso valle, pero el frío quema la piel, obligándome a girar y toparme con un nuevo paisaje que nos recuerda que más que en una aventura por estos rincones geográficos, nos encontramos en las auténticas periferias. «Aquí, si te fijas bien, hay personas viviendo en chozas», me explica Julio mientras señala el basurero. «No somos los únicos».

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Al margen de la población de la Rumorosa, que hace un siglo albergaba las oficinas de gobierno de Mexicali debido a las altas temperaturas de los meses de verano, Domingo Emeterio, sinaloense originario de Juan José Ríos, mejor conocido como el hermano Pablo, sostiene a alrededor de cuarenta ancianos. Instruido en la misma vida de la calle, los atiende de igual a igual. Este año ha perdido a tres de sus hermanos de sangre en un corto periodo de tiempo, y aquí está de vuelta tras un breve viaje para consolar a su madre y enterrar a su hermana, sin tiempo para el duelo, fiel a la llamada que descubrió en su adolescencia: dedicarse a los más desfavorecidos.

Conocí a Julio hace un año, cuando apenas llevaba tres meses internado en este asilo. Era un hombre lleno de demonios internos, que continuamente buscaba darnos lecciones de vida. Con una visión gris de la vida, su atuendo no ha cambiado en todo este tiempo: el mismo suéter gris, el gorro, los lentes y la mirada baja. Pero en sus enseñanzas no hay moralejas, solo dolor y resentimiento, presumiendo el daño que ha hecho y la falta de arrepentimiento.

«¿Cuándo nosotros no estamos aquí, quién hace todo esto?», se pregunta un amigo. «Aquí hay pocas manos y muchas necesidades: higiene, dignificar su espacio, mantenimiento estructural, pintura, lavandería, cocina, limpieza de alrededores, etc.». Y lo sabemos, estos días sus condiciones mejoran, pero el efecto en ellos es fugaz. Los que sufrimos una verdadera transformación somos nosotros, que presenciamos de cerca los efectos inevitables de nuestro consumismo e individualismo precoz, esperando nos sirva como antídoto. Acompañarlos es, sobre todo, crecer en compañía del otro, ganar en humanidad.

«Julio, me dices que no te arrepientes de nada de lo malo que has hecho. Yo sé poco de la vida, pero ¿no estará ahí nuestro dolor? ¿En pensar que no tenemos perdón? ¿Cómo se alcanza la paz?» Por primera vez tras horas de conversación, Julio me cuenta las buenas acciones que recuerda haber hecho en su vida, lo que realmente ama y se arrepiente de haber perdido.

Cada rostro es una historia, muchas veces de desolación. Brindarles un trato digno es lo que hace el hermano Pablo con su iniciativa. Julio se acerca conmigo y, por unos momentos, atiende a sus hermanos. En ese instante, veo a Julio ayudando a los que nos encontramos en el camino, como si su corazón se hubiera ablandado por unos minutos, como si se hubiera llenado de un poco de luz donde él mismo me asegura que solo encuentra oscuridad.

«Toma esa esquina de las sábanas», me dice Julio, «vamos llevando esta ropa sucia a la lavandería». Se compadece un momento de sus hermanos del refugio y se dispone a cambiarles las cobijas cubiertas de desechos; algo poco frecuente en este hombre que ha construido su propio espacio en el segundo piso del asilo con un cierto espíritu anárquico desentendido de las discapacidades del galpón.

Se contagia ese espíritu de ayuda y cada uno ha ido pensando en esta estancia cómo vivir con mayor espíritu de servicio al regresar a nuestros respectivos hogares. La atención a los que tenemos más cercanos en nuestras vidas, lo que hemos dejado de hacer para construir ese hogar común.

«Alguna vez sí perdoné, mi primera mujer me fue infiel», me expone su historia con una faz que denota cierta pena, cediendo a la imagen dura que se había forjado en todas nuestras interacciones. Ya no es el aleccionador negativo de siempre, muestra su fragilidad por un momento. «Lo que más quisiera es ver a mis niñas de nuevo». Todos tenemos un corazón similar, ya sea que se esconda en un acorazado chapado a la antigua o que se encuentre sobreexpuesto a miles de interacciones en el mundo de las redes sociales con las inseguridades que conlleva.

También nuestros rostros han cambiado en nuestra estancia, el disgusto evidente de nuestro primer contacto se ha logrado ablandar con las historias que nos rodean en este galerón de lisiados, donde cada hombre pone su esperanza en las convicciones personales que ha forjado a lo largo de la vida, distintas quizás unas de otras, pero con un denominador común: trascender.

«Dime Jorge, al irnos tú y yo de este mundo, ¿qué nos hará diferentes?»

Las palabras del hermano Pablo tienen sentido: “la pobreza no es material, es de corazón, y hoy, hay más pobreza que nunca”. Hemos palpado la miseria en estos días, no solo en este refugio, sino también en nuestro interior, al ver nuestras carencias. Espero que los efectos de ese trato dignficador a los demás perduren en nuestro propio ambiente, que la cercanía con los desamparados que hemos logrado palpar en estos días borre los límites de las periferias en nuestras ciudades de origen, y al volver contagiemos la necesidad de darnos a los demás para encontrar nuestras respuestas. «¿Qué sigue después de esta vida? ¿Qué quedará de nosotros? ¿Para qué vivimos?»

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