El pasado lunes 22 de septiembre tuve la oportunidad de asistir a la premier de Una Batalla Tras Otra de Paul Thomas Anderson, película que ha generado mucho interés por su mezcla de acción, trasfondo político y un elenco potente encabezado por Leonardo DiCaprio. En general, salí convencido de que vale la pena verla, aunque con algunas reservas.
Desde el arranque, la cinta atrapa gracias a un guión bien pensado que no se limita a explosiones, persecuciones o villanos caricaturescos: hay momentos de tensión, de reflexión, de humanizar lo que muchas películas de acción dejan de lado. La idea de Bob Ferguson, el personaje de DiCaprio, alejándose de su pasado revolucionario y enfrentando consecuencias reales de sus decisiones, funciona como motor emocional de la historia. Las actuaciones son espectaculares: DiCaprio demuestra, otra vez, que sabe llevar esos papeles en los que lo físico, lo visual y lo emocional tienen que convivir; Benicio del Toro, Sean Penn y compañía tienen buenos momentos, además, la nueva generación del reparto sorprende por su naturalidad. Varios críticos coinciden en que la película no abandona su ambición ideológica, pero lo hace de manera que no resulta abrumadora: hay humor, hay momentos de alivio, y también cuestionamientos que calan.
Visualmente y en producción, Una Batalla Tras Otra se siente a gran escala: efectos bien logrados, escenas de acción bien coreografiadas, algunas persecuciones —incluso con autos— que le aportan adrenalina, paisajes tensos, contrastes entre momentos íntimos y el gran impacto que genera el ámbito social. Todo eso funciona muy bien, especialmente cuando la película logra mantener el ritmo.
Pero aquí viene lo que me pasó también como espectador, y lo que he visto reflejado en algunas críticas: la duración. La película es larga, y hay instantes en los que esa extensión le pasa factura: algunos tramos pierden algo de fuerza, el interés decae, el pulso narrativo se afloja. No pierdes completamente la atención, porque Anderson trabaja muy bien los picos de tensión, pero sí hay momentos en que te preguntas si todo lo que se está contando necesitaba tantas escenas. Esa sensación la tuve yo, y según algunas reseñas que ya circulan, sé que no es aislada.
Al final, Una Batalla Tras Otra funciona muy bien como película de acción con corazón, pues quiere más que solo golpes y fuegos artificiales: busca tocar lo político, lo humano, lo moral. No todos los mensajes están en primer plano, y eso es bueno, porque permite al espectador decidir qué llevarse consigo. Pero esa dualidad —acción vs reflexión— también la obliga a cargar con ambición, y eso lleva al riesgo de perder ritmo cuando trata de hacer muchas cosas al mismo tiempo.
Aunque costó mantener la atención en ciertos pasajes por la duración, sin duda recomiendo Una Batalla Tras Otra. Si te gusta la acción bien hecha, con personajes creíbles, y no te molesta que una película te haga pensar un poco mientras te sacude, esta cinta será una experiencia satisfactoria. Para los fans de Anderson, de DiCaprio, o de cine que no sólo entretiene, sino que también deja algo, es una cita obligada.
