Thibaut Courtois, el portero del Real Madrid y referente histórico de la selección belga, ha convertido su carrera internacional en un reflejo fiel de las turbulencias que atraviesa el fútbol de su país. Lo que alguna vez fue la llamada «Generación Dorada» de Bélgica —aquella que deslumbró al mundo entre 2014 y 2022 con nombres como Eden Hazard, Kevin De Bruyne, Romelu Lukaku y el propio Courtois— hoy enfrenta su ocaso con más sombras que luces, justo cuando el Mundial 2026 pone a prueba los cimientos de una reconstrucción todavía inacabada.
La crisis no es solo deportiva. Bélgica es un país profundamente dividido en términos lingüísticos, culturales y políticos, con una fractura histórica entre la comunidad flamenca y la valona que se traslada, inevitablemente, al terreno del fútbol. La federación belga ha sido escenario de tensiones internas, disputas sobre la elección de entrenadores y debates sobre si los jugadores del norte y del sur del país pueden realmente conformar un equipo cohesionado. Courtois, nacido en Bree, en la región flamenca, ha sido en ocasiones un símbolo de esas divisiones tanto como de los logros colectivos.
El guardameta, considerado uno de los mejores del mundo en su posición durante la última década, vivió uno de los episodios más polémicos de su carrera internacional en 2022, cuando se retiró de la concentración de la selección en medio de rumores de enfrentamientos con compañeros y cuerpo técnico. Su ausencia generó un debate nacional que trascendió lo estrictamente futbolístico: en Bélgica, las disputas dentro del vestuario se leen también como un espejo de las tensiones identitarias del país. La reconciliación con la federación llegó, pero dejó cicatrices.
En el plano deportivo, la «Generación Dorada» nunca logró el título que se le presumía. Fueron cuartos en el Mundial de Rusia 2018 —su mejor resultado histórico—, eliminados en los octavos de final de Qatar 2022 y fuera en la fase de grupos de la Eurocopa 2024, un batacazo que evidenció que el ciclo había llegado a su fin sin conquistar ningún título mayor. De Bruyne, Lukaku y Courtois siguen en activo, pero ya superan los 30 años, y la nueva generación belga no ha terminado de irrumpir con la misma contundencia.
El Mundial 2026, que se disputará en Estados Unidos, Canadá y México, llega en un momento de transición forzada para los Diablos Rojos. El seleccionador Domenico Tedesco intenta articular un equipo que combine la experiencia de los veteranos con la energía de perfiles más jóvenes. Courtois, si mantiene su nivel físico —recordemos que sufrió una grave rotura del ligamento cruzado anterior en 2023 de la que se recuperó de forma notable—, sigue siendo un pilar indiscutible bajo los palos y una garantía de jerarquía en el vestuario.
Más allá del campo, la historia de Courtois y la selección belga es también la historia de un país que no termina de resolver sus contradicciones internas. Bélgica ha demostrado que puede producir futbolistas de élite mundial, pero que transformar ese talento individual en un proyecto colectivo sostenido es una tarea que excede lo puramente técnico. En el Mundial 2026, los Diablos Rojos tendrán una nueva oportunidad de demostrar si han aprendido de los errores del pasado, o si la crisis —deportiva y nacional— sigue pesando demasiado sobre sus botas.